La receta (olvidada) en las políticas de innovación en América Latina

Por Claudia Suaznábar y Gabriel Casaburi, del BID

Gastón Acurio se levanta los domingos por la mañana para ir al mercado de Surquillo a comprar el pescado más fresco. De vuelta en su casa seguramente toma lo que encuentre en su nevera y un rato más tarde tiene listo un sudado de cabrilla espectacular o un ceviche de lenguado de chuparse los dedos. Pero para todos los demás que no somos Gastón Acurio es más probable que nuestro domingo en la mañana empiece abriendo un libro de recetas, entusiasmándonos con la foto de un plato sofisticado e inmediatamente empezando a saborear el resultado en nuestras mentes. De ahí comenzamos a cocinar y, con el horno ya prendido, nos damos cuenta que nos falta un ingrediente clave. Si todavía hay tiempo, salimos corriendo a comprarlo, pero seguramente las tiendas estén lejos o ya cerradas y nos decidamos a usar algún sustituto que nos parezca razonable. Resultado: la comida no se parece en nada a la de la foto y desde luego está lejos de lo que saboreaste instantes antes en tu mente. Nada reemplaza a ese ingrediente faltante.

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Con las políticas públicas muchas veces nos pasa igual, nos entusiasmamos con los resultados que buscamos obtener, pero no siempre tenemos todos los insumos para lograrlos. A veces por falta de fondos, otras porque el contexto no lo permite, pero en numerosos casos, por no entender bien la receta. Y algo semejante parece estar pasando en América Latina y el Caribe (ALC) con las políticas de innovación. Las empresas de la región innovan mucho menos que sus pares en las economías avanzadas -en 2011 la inversión privada en I+D como porcentaje del PIB en América Latina y el Caribe alcanzaba 0.33% frente al 1,56% de los países de la OCDE. Esta falta de innovación las lleva a utilizar tecnologías obsoletas y a operar con niveles de productividad mucho más bajos que sus competidores, lo cual se traduce en menores tasas de crecimiento, menor acceso a los mercados más rentables, bajos niveles de salario promedio y estrategias comerciales defensivas.

Lógicamente, este estado de situación en la región preocupa, y mucho, a los responsables de políticas públicas. Perciben que en las economías avanzadas, las empresas son más innovadoras porque enfrentan un conjunto de incentivos de mercado y políticas de apoyo (los ingredientes) que las empuja hacia la innovación y que además les provee los elementos para hacerlo con éxito. Y es por esto que en todos los países de ALC, el sector público utiliza un conjunto de ingredientes para “cocinar” mayores niveles de innovación. Como parte de un nuevo libro del BID La política de innovación en América Latina y el Caribe: Nuevos Caminos que será publicado próximamente, se incluyen los resultados de un estudio que muestra que hay un ingrediente clave en el mix de políticas de países avanzados que prácticamente no forma parte de los ingredientes que usamos en nuestras políticas de innovación en ALC: los servicios de extensión tecnológica (SET).

Los servicios de extensión tecnológica no están orientados a generar nuevo conocimiento en las empresas sino a buscar que las empresas aprovechen mejor el conocimiento que ya existe en el mercado con el objetivo de lograr su modernización tecnológica y mejoras sostenidas de productividad. En los países avanzados existen numerosos programas para impulsar el desarrollo de los SET que, con formatos y prácticas diferentes, han demostrado su impacto positivo en resolver problemas tecnológicos de las empresas, en mejorar la eficiencia en los procesos, el cumplimiento de estándares de calidad y ambientales y, sobre todo, en actuar como una puerta de entrada a la innovación para muchas empresas. Lo cierto es que muchas de las empresas que comienzan a cambiar su comportamiento como resultado de la aplicación de los SET, poco a poco se van uniendo al pelotón de firmas que adoptan la innovación permanente como herramienta competitiva. En el estudio mencionado relevamos en profundidad las experiencias de programas como el Manufacturing Extension Program(MEP) de Estados Unidos, el Industrial Research Assistance Program (IRAP) de Canadá, ambos con una larga trayectoria en la promoción de servicios de extensión tecnológica con población objetivo y enfoques de intervención diferenciados, así como las experiencias desde centros tecnológicos como Tecnalia, en el País Vasco, más ligado a la prestación de servicios tecnológicos complementarios a los SET.

¿Y qué sucede en la región? La estructura empresarial en América Latina y el Caribe presenta una gran heterogeneidad en términos de productividad: un conjunto reducido de firmas está cerca de la frontera tecnológica internacional, operando con altos niveles de productividad, y luego un enorme grupo de firmas, mayormente micro y pequeñas, están muy atrasadas y demuestran bajas capacidades para innovar. Lo que es más, las brechas de productividad entre las empresas de menor y mayor tamaño en ALC son incluso mayores que en países avanzados. Por ejemplo, la productividad de las pequeñas empresas argentinas o chilenas equivale a menos de un cuarto de la productividad de las grandes comparado con un 40% en el caso estadounidense o dos tercios en el caso de Reino Unido. En un contexto así, los SET que buscan acelerar la difusión del conocimiento tecnológico y mejorar las capacidades empresariales, podrían tener un gran impacto en acercar a ese enorme número de pequeñas firmas al pool de conocimientos y buena prácticas disponibles, y así lograr aumentos de  productividad que en conjunto “muevan la aguja” de la productividad agregada de nuestras economías.

Sin embargo, hay pocas experiencias de promoción de SET en la región. Lo que encontramos en nuestro análisis del mix de políticas de innovación en ALC es que nuestras recetas enfatizan los ingredientes más sofisticados para promover la innovación en detrimento de los ingredientes relacionados con extensión. Ciertamente, los créditos fiscales y los subsidios típicamente vía matching grants, han permitido llegar a un número importante de empresas que cuentan con las capacidades para innovar una vez que se levantan las restricciones al financiamiento, sin embargo ambos instrumentos muestran limitaciones para conseguir que nuevas empresas se unan al club de las innovadoras. Del otro lado, los servicios de extensión tecnológica en la región se han difundido principalmente en el sector agropecuario, donde en varios países llevan décadas difundiendo con éxito nuevas prácticas agrícolas entre los productores más pequeños. Pero en los sectores manufactureros y de servicios existen muy pocos programas con esta orientación, y solo Brasil tiene un conjunto de instrumentos semejantes a los que ofrecen programas como los del Manufacturing Extension Programo Industrial Research Assistance Program.

Si queremos enfrentar el reto de llevar a un mayor número de empresas a innovar, parece importante que los responsables de las políticas de innovación de nuestra región tomen en consideración los servicios de extensión tecnológica como ese ingrediente esencial tradicionalmente olvidado en sus recetas. Parafraseando al experto peruano Francisco Sagasti que relaciona la innovación con el ceviche, nosotros podríamos decir que la innovación sin extensión es como un ceviche sin limón.

Esta columna fue originalmente publicada en el blog Puntos sobre la i del Banco Interamericano de Desarrollo BID.

¿ La Responsabilidad Social Empresarial y sus enfoques?

Por: Luis Pareja Sedano

En la actualidad, el desarrollo y la globalización han incrementado la exigencia social de un comportamiento empresario más responsable.

Cada vez con mayor frecuencia, las empresas son vistas como ciudadanos corporativos[1] (empresas que cuentan con derechos y responsabilidades sociales básicas, éticas, laborales y medioambientales, que van más allá de la maximización de ganancias de corto plazo) por sus stakeholders (grupos de interés relacionados con la empresa), quienes vigilan y presionan a las compañías para que éstas avancen en el ámbito de la RSE, de manera tal, de asegurar su permanencia dentro del mercado.

_innovacion-social_Tradicionalmente, se consideran dos grandes enfoques de la Responsabilidad Social Empresarial que corresponden a la posición Liberal y Social, entre los cuales coexisten otros, que pueden clasificarse en diversas posiciones intermedias, los que serán revisados destacando aspectos que nos permitan congregar un enfoque integrado y de aplicación respecto al desempeño actual de las empresas en el ámbito relativo a estas prácticas.

La posición Liberal, es defendida principalmente por Milton Friedman, la cual postula que “existe una y sólo una responsabilidad social de la empresa, que es usar sus recursos y energías en las actividades diseñadas para incrementar sus beneficios, siempre y cuando permanezca dentro de las reglas del juego, es decir, esforzarse por una libre y abierta competencia, sin engaños ni fraudes”, apoyándose en la teoría de “la mano invisible” de Adam Smith, que señala que la interacción de los individuos en el mercado, guiados por sus propios intereses conducirán al bienestar general de la manera más efectiva y eficiente que si cualquier otra entidad o institución quisiera intervenir en esta dinámica. En este sentido, plantea a la doctrina de la RSE como fundamentalmente subversiva, pues distorsiona el funcionamiento del mercado generando ineficiencias en la asignación de los recursos disponibles.

La posición Social, en cambio, está basada en una naturaleza de la empresa mucho más amplia, en la que incorpora la relación de la entidad con diversos grupos e instituciones que integran el contexto social. En este ámbito, se visualiza a la empresa como un nuevo centro socializador que será responsable no sólo de las ganancias de los accionistas, sino que también del bienestar de la sociedad en la que se desenvuelve. Este enfoque se apoya en los planteamientos de Archie Carroll[2], quien manifiesta que el accionar de las empresas se ha enmarcado dentro de cuatro categorías progresivas de RSE referentes al desempeño económico, legal, ético y discrecional[3]. La primera de ellas es de índole económica, pues al producir de manera eficiente generará riqueza, contribuyendo así, al desarrollo nacional, esperando que su desempeño se supedite a las leyes y reglamentos establecidos, con el fin de normar y regular su campo de acción, así como también a las normas éticas y valóricas establecidas socialmente; deseando además, que en un nivel superior tenga orientaciones filantrópicas impulsadas por el interés corporativo con el fin de dar ayuda y solución a problemas de orden social. Estas cuatro categorías dan un lineamiento de las expectativas que la sociedad, en general, tiene del sector empresarial o las mismas corporaciones.

Los planteamientos intermedios a estos, corresponden a los enfoques: Iluminado del Self-Interest; de las Instituciones Sociales; de la Moral Personal; Legal; de la Ciudadanía Empresarial; de los Stakeholders; basado en la Virtud; y el Teológico o Religioso. De estas visiones, se ha considerado algunos aspectos de cuatro de ellos, los cuales se apoyan y confluyen a la creación de un enfoque más amplio, orientado a la aplicación actual de las políticas socialmente responsables.

De acuerdo al “Enfoque de los Stakeholders”, las responsabilidades de la empresa no sólo se limitan a los accionistas, sino que involucra un grupo más amplio denominado “stakeholders”, en el cual se encuentran todos aquellos grupos en los que impactan las actividades de la empresa, quienes permiten su existencia y además el logro de los objetivos de la misma, correspondiente a la maximización de las ganancias, tal como señala Elizabeth Vallance[4] quien plantea que “el propósito de los empresarios es la maximización del owner value de largo plazo”, que corresponde al valor de la empresa en términos de los beneficios de largo plazo reportados a los accionistas. Por esto, mantener buenas relaciones con los stakeholders, y como manifiesta Sir Geoffrey Chandler[5], contar con guías éticas que regulen las actividades empresariales, darán las pautas de sobrevivencia de la organización en un entorno competitivo en el largo plazo, ayudando a la consecución del objetivo empresarial.

En un sentido similar, el “Enfoque iluminado del Self-Interest”, desarrollado por Aram[6]; Arlow y Gannon[7]; y Mescon y Tilson[8], plantea ala RSE como una estrategia que ayuda a alcanzar el éxito o la maximización de beneficios, al promover una respuesta positiva por parte de la sociedad a cambio de tales prácticas. Sin embargo, para que esto ocurra será necesario que la comunidad conozca el comportamiento corporativo responsable de la empresa, lo cual demandará un análisis exhaustivo frente a los costos asociados a las iniciativas responsables y su comunicación, versus los potenciales beneficios que se podrían alcanzar, en el entorno de un contexto competitivo. Es así, como la comunicación del compromiso y actividades en materia de responsabilidad social que mantienen las empresas, se convierte en una pieza fundamental para la maximización de los beneficios; siendo relevante considerar qué comunicar, cómo y a quién. Para lograr una comunicación efectiva[9], existen elementos esenciales a considerar como la credibilidad y la transparencia de lo que se está informando, considerando también que se debe comunicar de forma simple eventos pasados que hayan sido exitosos, diseñando especialmente estrategias comunicacionales para cada stakeholders.
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CEPAL – Abiertas las postulaciones a curso ‘Estrategias para el gobierno abierto en las Américas’

Abiertas las postulaciones a curso ‘Estrategias para el gobierno abierto en las Américas’.

10 al 21 de noviembre, campus virtual de la OEA (fase a distancia)
1 al 5 de diciembre, sede de la CEPAL, Santiago de Chile (fase presencial)

Análisis de redes (network analysis) y mapeo de actores

PEDRO MARTÍN GUTIERREZ
Universidad Complutense de Madrid

Brasil: el por qué del malestar social

Escrito por: Xavier Sala i Martín
Xavier Sala i Martín, nació en Cabrera de Mar, Barcelona, España,  articulista, catedrático de economía en la Universidad de Columbia y Asesor Jefe (“Chief Advisor” ) del  World Economic Forum donde, además, es coautor del Global Competitiveness Report y el padre intelectual del Global Competitiveness Index que ordena a 142 países del mundo por orden de competitividad.

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Propiedad del Blog de Xavier Sala i Martín

Después de crecer al 2.3% entre 1995 y 2002, la economía brasileña experimentó un auge sin precedentes bajo el mando del presidente Lula da Silva: el PIB creció a un ritmo del 4% anual entre 2003 y 2010. Especialmente impresionante fue la rápida recuperación después de la crisis financiera de 2008: crecimiento del 7,5% den 2010. El crecimiento de Brasil se basó en parte en los altos precios de las materias primas (es un productor de soja, azúcar, hierro, acero, café, carne y últimamente se ha descubierto petróleo en sus costas) y en parte a que el presidente Lula creó las condiciones favorables para atraer la inversión nacional y la extranjera en sectores como la aviación, automóvil, maquinaria eléctrica, textil, turismo o construcción). A pesar de que, en su juventud, Lula fue un sindicalista radical anti-empresa (cosa que le llevó a perder tres contiendas electorales antes de llegar a la presidencia), el Lula maduro que llegó a presidente era un moderado “pro-business” que ponía interés en crear un entorno favorable a la actividad empresarial pero sin olvidar que los beneficios del crecimiento económico debía repartirse con los ciudadanos más desfavorecidos. En este sentido, Lula se alejaba del “radicalismo bolivariano” de otros líderes de izquierda latinoamericanos como Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia o Rafael Correa en Ecuador.

En el plano macroeconómico, Lula también fue un moderado. A pesar de haber criticado a su predecesor Fernando Henrique Cardoso por bajarse los pantalones ante el Fondo Monetario Internacional (al que alguna vez calificó de “el beso de la muerte”), durante su mandato Lula siguió una política monetaria y fiscal conservadora. Sin dejarse llevar por las alegrías monetarias (designó al presidente del BankBoston USA, Henrique Meirelles, como gobernador del banco central a pesar de que la izquierda decía que Meirelles era el representante de las “políticas de derecha que defienden al gran capital”). Los impuestos durante la época Lula fueron moderados (y no confiscatorios como en algunos países vecinos) y el déficit y la inflación se mantuvieron a raya.

El gran éxito de Lula da Silva no fue, sin embargo, el crecimiento económico del PIB (Brasil ya había experimentado tasas muy positivas en los años setenta) sino el hecho de que quien salió más beneficiado de esa bonanza fueron los ciudadanos más pobres.El paro cayó en picado y se ha situado en una de las tasas más bajas de la historia. Las desigualdades se redujeron (a pesar de que siguen siendo de las más altas del mundo). Los sistemas públicos de protección social (pensiones, sanidad y servicios públicos) mejoraron notablemente y el salario mínimo creció por encima del PIB. Brasil creó el programa “Bolsa Familia” que paga salarios a las niñas pobres para que, en lugar de trabajar, vayan a la escuela. Este exitoso programa (que empezó en el México de Ernesto Zedillo) ha contribuido a que hasta 20 millones de brasileños escaparan de la situación de pobreza extrema. Otro programa que parece haber funcionado bien es el llamado “mi casa, mi vida”: un programa de ayuda a la compra de vivienda por parte de la gente más pobre, combinación de crédito y subsidio dependiendo de la situación familiar.

¿A qué se debe, pues, el desencanto de los ciudadanos que en los últimos días se han manifestado masivamente(*) por las calles de las principales ciudades del Brasil? En parte, la irritación se debe a que el progreso de la era Lula se ha ralentizado y las expectativas que se tenían solo hace un par de años no se están cumpliendo. El crecimiento de 2011 (con Dilma Rousseff ya en la presidencia) fue solamente del 2,7%, una tasa que cayó hasta el 0,9% del pasado año. Con la desaceleración también ha vuelto la inflación que erosiona las mejoras de poder adquisitivo de las clases populares. Pero esta reciente (y hasta el momento leve) desaceleración no puede explicar el creciente descontento de los brasileños.

La principal razón que lleva a los brasileños a protesta es la misma por la que protestan los ciudadanos de la periferia europea: la corrupción política es rampante. Si bien es cierto que lo que disparó las protestas fue la (pequeña) subida del precio del transporte público, en la masiva manifestación del sábado en la que participaron más de 250.000 personas los manifestantes lanzaban proclamas contra la corrupción política.

Y es que si alguna cosa hizo mal el presidente Lula da Silva, esto fue no erradicar la corrupción. A pesar de que la lista de políticos y altos cargos que han sido condenados u obligados a abandonar sus cargos por corrupción es larga (ministros, secretarios de estado, senadores y toda clase de políticos bien conectados. Hasta el todopoderoso presidente de la Confederación Brasileña de Futbol -y amigo íntimo y socio de negocios del presidente del Barça- Ricardo Teixeira, fue obligado a abandonar su cargo y a huir a Miami para escaparse de la justicia) la corrupción política es rampante.

Solo un ejemplo: en 2005, se destapa la trama “mensalao” (o “escándalo de las mensualidades”): unos ministros del gobierno de Lula se dedicaban a comprar los votos de algunos diputados de la oposición. ¡Dinero a cambio de votos! Pues bien, mientras las autoridades estaban intentando meter a esos ladrones en la cárcel, el congreso intenta aprobar una ley, llamada PEC-37, que impida a fiscales y jueces investigar a cargos públicos con el objetivo de tapar toda la trama “mensalao”.

Y, claro, toda esta corrupción política causa una enorme irritación entre las clases populares que tienen la sensación de que los corruptos en Brasil tienen total impunidad. Es más, las enormes y monumentales obras públicas relacionadas con la organización del mundial de fútbol, la copa confederaciones y las olimpiadas de Rio de Janeiro no ayudan a generar confianza en que se está atajando la corrupción de verdad. ¿Quien se beneficia de todo ese dinero? ¿Quien decide las empresas encargadas de construir? ¿Cómo se toman esas decisiones? Todo es sospechosamente turbio.

La reacción inicial de la presidenta Rousseff a las protestas fue tardía y consistió en prometer más gasto social. Por ejemplo, aprobó una ley que obliga a invertir el 100% de las regalías procedentes del petróleo en educación (el 75%) y sanidad pública (el 25% restante). Rousseff también eliminó los incrementos de precios del transporte público (que fue lo que encendió las protestas) e incluso prometió subsidiarlo.

Pero todas esas promesas de más gasto público no parecen contentar a los manifestantes que siguen protestando día tras día. La razón: el problema de Brasil no es la falta de gasto sino la corrupción. Y un aumento del gasto público se interpreta como un intento de comprar con dinero a los manifestantes para mantener el status qup. Al ver que eso no funcionaba, la cámara de diputados hizo ayer marcha atrás en su propuesta de limitar el poder de los fiscales contra los político y rechazó la propuesta PEC-37 por 430 votos a favor y solo 9 en contra. Yo no sé si esto servirá para apaciguar los ánimos de los protestantes brasileños. Lo que sí sé es esa votación demuestra que hay países donde los políticos no son ni ciegos, ni sordos… ni totalmente insensibles a la voluntad popular.

(*) Las encuestas dicen que el 75% de los ciudadanos está a favor de los protestantes.

¿ La Responsabilidad Social Empresarial y sus enfoques?

Por: Luis Pareja Sedano

En la actualidad, el desarrollo y la globalización han incrementado la exigencia social de un comportamiento empresario más responsable.

Cada vez con mayor frecuencia, las empresas son vistas como ciudadanos corporativos[1] (empresas que cuentan con derechos y responsabilidades sociales básicas, éticas, laborales y medioambientales, que van más allá de la maximización de ganancias de corto plazo) por sus stakeholders (grupos de interés relacionados con la empresa), quienes vigilan y presionan a las compañías para que éstas avancen en el ámbito de la RSE, de manera tal, de asegurar su permanencia dentro del mercado.

_innovacion-social_Tradicionalmente, se consideran dos grandes enfoques de la Responsabilidad Social Empresarial que corresponden a la posición Liberal y Social, entre los cuales coexisten otros, que pueden clasificarse en diversas posiciones intermedias, los que serán revisados destacando aspectos que nos permitan congregar un enfoque integrado y de aplicación respecto al desempeño actual de las empresas en el ámbito relativo a estas prácticas.

La posición Liberal, es defendida principalmente por Milton Friedman, la cual postula que “existe una y sólo una responsabilidad social de la empresa, que es usar sus recursos y energías en las actividades diseñadas para incrementar sus beneficios, siempre y cuando permanezca dentro de las reglas del juego, es decir, esforzarse por una libre y abierta competencia, sin engaños ni fraudes”, apoyándose en la teoría de “la mano invisible” de Adam Smith, que señala que la interacción de los individuos en el mercado, guiados por sus propios intereses conducirán al bienestar general de la manera más efectiva y eficiente que si cualquier otra entidad o institución quisiera intervenir en esta dinámica. En este sentido, plantea a la doctrina de la RSE como fundamentalmente subversiva, pues distorsiona el funcionamiento del mercado generando ineficiencias en la asignación de los recursos disponibles.

La posición Social, en cambio, está basada en una naturaleza de la empresa mucho más amplia, en la que incorpora la relación de la entidad con diversos grupos e instituciones que integran el contexto social. En este ámbito, se visualiza a la empresa como un nuevo centro socializador que será responsable no sólo de las ganancias de los accionistas, sino que también del bienestar de la sociedad en la que se desenvuelve. Este enfoque se apoya en los planteamientos de Archie Carroll[2], quien manifiesta que el accionar de las empresas se ha enmarcado dentro de cuatro categorías progresivas de RSE referentes al desempeño económico, legal, ético y discrecional[3]. La primera de ellas es de índole económica, pues al producir de manera eficiente generará riqueza, contribuyendo así, al desarrollo nacional, esperando que su desempeño se supedite a las leyes y reglamentos establecidos, con el fin de normar y regular su campo de acción, así como también a las normas éticas y valóricas establecidas socialmente; deseando además, que en un nivel superior tenga orientaciones filantrópicas impulsadas por el interés corporativo con el fin de dar ayuda y solución a problemas de orden social. Estas cuatro categorías dan un lineamiento de las expectativas que la sociedad, en general, tiene del sector empresarial o las mismas corporaciones.

Los planteamientos intermedios a estos, corresponden a los enfoques: Iluminado del Self-Interest; de las Instituciones Sociales; de la Moral Personal; Legal; de la Ciudadanía Empresarial; de los Stakeholders; basado en la Virtud; y el Teológico o Religioso. De estas visiones, se ha considerado algunos aspectos de cuatro de ellos, los cuales se apoyan y confluyen a la creación de un enfoque más amplio, orientado a la aplicación actual de las políticas socialmente responsables.

De acuerdo al “Enfoque de los Stakeholders”, las responsabilidades de la empresa no sólo se limitan a los accionistas, sino que involucra un grupo más amplio denominado “stakeholders”, en el cual se encuentran todos aquellos grupos en los que impactan las actividades de la empresa, quienes permiten su existencia y además el logro de los objetivos de la misma, correspondiente a la maximización de las ganancias, tal como señala Elizabeth Vallance[4] quien plantea que “el propósito de los empresarios es la maximización del owner value de largo plazo”, que corresponde al valor de la empresa en términos de los beneficios de largo plazo reportados a los accionistas. Por esto, mantener buenas relaciones con los stakeholders, y como manifiesta Sir Geoffrey Chandler[5], contar con guías éticas que regulen las actividades empresariales, darán las pautas de sobrevivencia de la organización en un entorno competitivo en el largo plazo, ayudando a la consecución del objetivo empresarial.

En un sentido similar, el “Enfoque iluminado del Self-Interest”, desarrollado por Aram[6]; Arlow y Gannon[7]; y Mescon y Tilson[8], plantea ala RSE como una estrategia que ayuda a alcanzar el éxito o la maximización de beneficios, al promover una respuesta positiva por parte de la sociedad a cambio de tales prácticas. Sin embargo, para que esto ocurra será necesario que la comunidad conozca el comportamiento corporativo responsable de la empresa, lo cual demandará un análisis exhaustivo frente a los costos asociados a las iniciativas responsables y su comunicación, versus los potenciales beneficios que se podrían alcanzar, en el entorno de un contexto competitivo. Es así, como la comunicación del compromiso y actividades en materia de responsabilidad social que mantienen las empresas, se convierte en una pieza fundamental para la maximización de los beneficios; siendo relevante considerar qué comunicar, cómo y a quién. Para lograr una comunicación efectiva[9], existen elementos esenciales a considerar como la credibilidad y la transparencia de lo que se está informando, considerando también que se debe comunicar de forma simple eventos pasados que hayan sido exitosos, diseñando especialmente estrategias comunicacionales para cada stakeholders.
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